domingo, noviembre 20, 2005

El hombre de Hojalata y 3 Paulinas


Erase una vez un hombre de hojalata.

En el mundo hay otros hombres de hojalata, pero no se conocen entre si. Cada uno tiene un bosque y rara vez se ven.
Este hombre de hojalata trabajaba como leñador, como ocurre con todos los hombres de hojalata.
En el bosque, habían otros leñadores, pero ninguno era de hojalata. Él, a veces, conversaba con estos leñadores, pero se sentía solo ya que no sabía sonreír ... como ocurre con todos los hombres de hojalata.
Con su hacha el hombre de hojalata derribaba los árboles de uno en uno, día tras día, con luz o sombra, con sol o lluvia, siempre siguiendo un camino recto a través de su bosque, tal y como le habían enseñado. A veces le gustaba recorrer senderos nuevos que encontraba, otras el camino era tan difícil que lo desviaba, pero siempre volvía al camino que se había trazado, sin importar el obstáculo que hubiese encontrado, porque así ocurre con los hombres de hojalata.

El hombre de hojalata trabajaba solo en su bosque, derribando árboles uno a uno, como ocurre con todos los hombres de hojalata, hasta que un día, detrás de un árbol, apareció una Paulina. Esta Paulina era menuda, resplandecía siempre, pero tenuemente y le sonreía y el hombre de hojalata se asombró de eso.
La menuda Paulina le dijo que no conocía el bosque y que no sabía donde ir. Además, no conocía a los leñadores y como no entendía su idioma, cuando los oía ella se asustaba. Esta Paulina le preguntó al hombre de hojalata, si podía acompañarlo en su camino y él accedió.
En su viaje, el hombre de hojalata, le mostró algunos senderos que conocía y esta Paulina comenzó a recorrerlos. Iba y venía por ellos, hasta que los llegó a conocer mejor que el propio hombre de hojalata. Él también le enseñó el idioma de los leñadores y la menuda Paulina les perdió el miedo y terminó conversando con ellos por horas.

Esta Paulina, acompañó por un tiempo a nuestro hombre de hojalata, en su camino. Mientras seguían el sendero del hombre de hojalata, la Paulina bailaba a su alrededor, pero, poco a poco, comenzó a alejarse para recorrer nuevos senderos que ella misma descubría en el camino. A veces él la acompañaba y cortaba algunos árboles que le impedían recorrer libremente sus nuevos senderos. A veces ella le pedía que la acompañara, para que cortara árboles enormes que interrumpían los senderos que descubría, él la acompañaba y se sorprendía al encontrar árboles que no eran tan grandes como ella decía. A veces ella se asustaba, cuando encontraban leñadores nuevos, pero él le mostraba que no había nada terrible en ellos, que solo eran sus voces las que sonaban terribles. A veces ella le decía que el bosque estaba muy obscuro y que no podía ver el sendero, pero el hombre de hojalata se sorprendía de que no pudiese verlo, ya que él siempre lo veía, gracias al propio brillo de la Paulina.

Con el tiempo esta Paulina aprendió a reconocer los mejores senderos para cruzar el bosque y a derribar árboles sin un hacha, solo murmurando en sus oídos.

Entonces un día, en medio de un claro apareció otra Paulina, que era diferente a la primera.
Esta Paulina era alta y no brillaba constantemente, solo lo hacía a veces, cuando ella quería, pero cuando brillaba enceguecía. Sin embargo se parecía a la primera, porque sonreía.
Ella tampoco conocía el bosque, pero no le temía. Tampoco le temía a ningún leñador, a pesar de no entenderles y aunque algunos senderos le daban miedo, siempre los cruzaba. Como no conocía el bosque, le preguntaba al hombre de hojalata cuales eran los mejores senderos para llegar a su destino. A veces ella lo acompañaba en su camino y él le mostraba sus propios senderos, otras veces ella los recorría sola y luego volvía a contarle de sus viajes y le decía cuales le habían gustado y cuales no, pero siempre le agradecía por habérselos mostrado.

La segunda Paulina aprendió, con la ayuda del hombre de hojalata, el idioma de los leñadores, y con su sonrisa y su brillo, los enceguecía. Conoció senderos que el hombre de hojalata no se interesaba en seguir, a pesar de estar muy iluminados. En sus viajes a veces la segunda Paulina se perdía en el bosque, pero el hombre de hojalata la encontraba y le indicaba el camino para que volviese a su sendero.
Con el tiempo la segunda Paulina, aprendió a ordenar a los árboles y con una palabra los derribaba.


Poco a poco la primera Paulina, que lo seguía en su camino, fue encontrando otros senderos que recorrer. Como ya no temía al bosque, ni a los leñadores y podía derribar árboles con su murmullo, tomó un sendero y se alejó del hombre de hojalata.

Poco a poco la segunda Paulina, que no lo seguía, pero que lo acompañaba, encontró senderos que le gustaban y como ahora hacía caer los árboles con solo una palabra, también se alejó del hombre de hojalata.

A veces, el hombre de hojalata volvía a encontrar a las Paulinas y cuando esto ocurría, bailaban a su alrededor e iluminaban su camino, pero ambas tenían sus propios senderos y después de algunos momentos se alejaban.


Y entonces, detrás de otro árbol, apareció una tercera Paulina, diferente a las dos anteriores. No era menuda con un susurro que convence, ni alta con una palabra que ordena, ella tenía la altura del hombre de hojalata, pero sonreía. Esta Paulina, tampoco conocía el bosque, ni conocía el camino, pero no le temía ni a los árboles, ni a los leñadores, ni a los senderos nuevos.
La tercera Paulina cantaba y con su canto brillaba. No era como la primera que brillaba siempre, pero tenuemente; ni como la segunda que solo brillaba a veces, pero que al hacerlo enceguecía. Ella solo brillaba al cantar, pero podía hacerlo por horas y horas e iluminaba el camino del hombre de hojalata, de una forma que las dos primeras no podían.
Gracias a su brillo, la tercera Paulina, veía mas lejos en el camino que la mayoría y cuando a la distancia veía un árbol muy grande o un sendero muy difícil, cambiaba su rumbo, a diferencia de lo que ocurre con todos los hombre de hojalata, que deben seguir siempre su camino, sin evitar los obstáculos, ni los senderos difíciles.

Esta Paulina aprendió el idioma de los leñadores, oyendo al hombre de hojalata cuando hablaba con ellos y dominó ese idioma sin que ellos supieran.
La tercera Paulina acompañó un tiempo, a nuestro hombre de hojalata en su camino, y él le mostró los senderos del bosque durante el viaje, a cambio ella cantaba y con su canto iluminaba el sendero. El hombre de hojalata cortaba los árboles que a ella le estorbaban en su camino, incluso sin que se lo pidiera y con el tiempo ella aprendió a derribar los árboles con su canto.

Por la forma en que brillaba, esta Paulina veía mejor el sendero que las dos primeras y decidió su camino con mayor rapidez.

Acompañó al hombre de hojalata, hasta que encontró un sendero iluminado que le gustó y se alejó de él con su canto.


Todas las Paulinas se alejaban del hombre de hojalata, pero eso estaba bien y él lo sabía, porque no podía seguir sus senderos y ellas eran mas ligeras, mas brillantes, y por eso podían tomar senderos mas ligeros y brillantes que los que él debía recorrer.

Nuestro hombre de hojalata siguió derribando los árboles de uno en uno, solo, como ocurre con todos los hombres de hojalata, pero un día su hacha se partió. Como no temía al bosque, ni a sus senderos, ni a los leñadores, decidió seguir adelante, se adentro tanto en el bosque que ya no pudo avanzar.
Ya no puede derribar árboles, porque los leñadores necesitan de sus hachas para hacerlo. Como ocurre con todos los hombres de hojalata, él no puede derribar árboles convenciéndolos con un murmullo, ni ordenarles que caigan, ni derribarlos con su canto, ni cambiar su sendero eligiendo uno nuevo. Los hombres de hojalata siguen siempre un camino, que ellos mismos escogen y usan sus hachas para abrirlo.

El hombre de hojalata a veces se encuentra con la segunda Paulina, cuyo sendero de viaje es distinto y cruza el camino que él sigue. A veces le llega el murmullo claro, pero lejano de la primera Paulina, y ella le cuenta historias de su viaje a través de otro bosque, al que llegó siguiendo su propio camino. Y hoy encontró a la tercera, que ya no camina en el bosque, pero que con su canto dirige a otros a través de el.

Un hombre de hojalata solo se detiene cuando se oxida y eso es a lo único que temen, sin embargo, este hombre de hojalata ya no teme oxidarse en medio del bosque, porque entre la tres Paulinas le enseñaron a sonreír ... y eso no ocurre con todos los hombres de hojalata.



Dedicado a las tres Paulinas que han cruzado los senderos de mi bosque, dándome un poco de su luz.

Inspirado por Paulina O., a quien encontré ayer, en medio de mi bosque.

Rodrigo C.

3 comentarios:

  1. CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, CLAP, .. miles y miles de aplausos or la historia....

    Sigue así

    ResponderEliminar
  2. Hola:
    Gracias por los aplausos, pero no creo que sea para tanto ... aunque ojalá y sí lo sea.
    Hasta ahora solo he recibido buenos comentarios, aunque la mayoría fuera del Blog.
    Al menos a las Paulinas les gustó.

    ResponderEliminar
  3. tu cuento es lindo, y ademas que te deja como moraleja que todas las personas brillamos por nuestras propias luces, pero siempre en algun momento de nuestras vidas necesitamos un arbol para cobijarnos mientras nos salen alas para volar a nuestros sueños y nuestros destinos....

    ResponderEliminar